¿A dónde te escondiste, Amado, y me dejaste con gemido?
San Juan de la Cruz. Canciones entre el alma y el Esposo.
viernes, 23 de febrero de 2018

Absoluta aceptación

Jeff Foster


“La ley es simple. Cada experiencia se repite o se sufre hasta que la experimentas adecuada y completamente por primera vez” 
(Ben Okri)

Justo en el momento en que tenemos un encuentro con el enojo, con la tristeza, con el miedo, con la duda, con el dolor, en su estado puro, no filtrado y completamente natural; sin el intento de evitarlo, ni de adormecernos ante él, sin manipularlo de alguna forma, sin convertirlo en nuestro enemigo, ese ciclo del karma relacionado a ese aspecto en particular de la experiencia, se rompe.
Cuando hay resistencia hacia aquello que ya es, cuando se trata de evitar lo que surge en la vida, cuando se rechaza alguna experiencia, cuando uno rehúsa a convivir con ESTO tal y como es, ese enojo puro, natural, se solidifica como “mi enojo”, y nace entonces una (falsa) identidad. Ahora me identifico como “el que está enojado” (o “el que está frustrado” o “el miedoso”, y así sucesivamente.)  He olvidado que soy ese vasto espacio de consciencia en donde todas las sensaciones y sentimientos tienen el absoluto permiso de surgir. Olvidé que lo que realmente soy es, por naturaleza, algo no identificable e incapaz de juzgar…, ¡sin tener que “intentar” serlo! Olvido mi verdadera identidad como la vida misma. Olvido la vastedad y me identifico como una “cosa” muy limitada, un objeto dentro del tiempo y el espacio. Es aquí donde nace el karma. Y donde comienza la violencia.
La historia del karma, la historia de la causa y el efecto, es la historia de “este objeto o persona HIZO que me enojara”. Repito la historia una y otra vez, me la repito a mí y a los demás, a través de mis palabras y mis acciones. Estoy inconscientemente jugando el papel de “la persona enojada”, y a partir de ahí…, ¡voy por todos lados buscando cosas y personas con QUIEN enojarme! Árboles, autos, animales, palabras -cualquier cosa es buena-. Si no hubiera objetos o personas con QUIEN enojarme, ¿cómo podría yo reconocerme como “el enojado”? ¡Por eso creo que debo alimentar esa identidad! Me protejo a mí mismo de la muerte de esa identidad, proyectando mi enojo hacia todo y todos los que veo. Ahora viene hacia mí un momento eterno de enojo y así es como el ciclo comienza. Me identifico como una persona separada.
Años después, podría seguir regurgitando la misma historia, repitiendo la experiencia incansablemente, recordando la historia de “yo y mi enojo” y la justificación acerca de por qué estoy enojado, lo mal que todo salió, lo horrible o terrible que tal o cual persona hizo. Puedo repetir esto a mis hijos, y ellos lo repetirán a sus hijos, y la identificación pasará a través de las generaciones, y el círculo del prejuicio y la violencia se mantendrá intacto. Ese es el verdadero significado de la reencarnación. Y todo esto continúa hasta que el ciclo se rompe, en el momento, a través de la profunda aceptación de lo que surge. 
El Amor, en el sentido profundo de la palabra, destruye el karma.
En la absoluta aceptación, esa energía pura de vida que llamamos “enojo” (o miedo, o dolor…) es aceptada profundamente conforme surge en el momento, y es reconocida como yo mismo. Esa sensación natural está profundamente admitida aquí para que viva su breve existencia y muera a su debido tiempo. La etiqueta “enojo” ni siquiera tiene la necesidad de surgir, ya que ninguna etiqueta es necesaria en el misterio de esto. Y estas etiquetas, si es que llegan a surgir, son también bienvenidas como parte del misterio. La sensación es bienvenida, y tiene permiso de estar, y permiso de pasar con su propia dulce forma. La intensidad de la vida se recibe con un bello abrazo.
Los pensamientos, sensaciones y sentimientos surgen en el océano que somos, los “hijos” de la consciencia, como yo les llamo -sí, ¡la consciencia es el padre supremo!-, no se abortan, no se les aplica la eutanasia, no son negados. Se les honra. Se les conoce en presencia. Nunca se convierten en enemigos. Y así, nunca nos identificamos como seres limitados. “El enojado” jamás nace -solo hay un momento de enojo-. “El frustrado” nunca tiene por qué surgir -solo surge un momento de frustración-. “La víctima del dolor” jamás tiene la oportunidad de echar sus raíces -hay solo esa fuerte sensación a la que llamamos “dolor”-. Y todas esas olas surgen y se disuelven en el vasto océano que somos, nunca se vuelven “permanentes”. “El herido” se reconoce ahora por la imagen transitoria que realmente es. “La víctima” es solo una historia, aquí en la vastedad que eres. El recuerdo de esta vastedad -que es la vastedad que nos compone a todos- reverbera a través de las generaciones. 
El karma nunca se crea y, tampoco se transmite. Tú no te relacionas con tus seres amados como “la persona enojada” o “el herido” o “el temeroso”, sino como la vastedad ilimitada en donde la ira, el miedo, el dolor, la duda, en donde toda energía es profundamente permitida a surgir y caer. Sanándote a ti mismo de una identificación errónea, otros sanarán automáticamente gracias a “ti”. El karma ya no se “genera” y así, el ciclo se rompe.
Un momento presente no es solo un momento presente. Es precioso y sagrado y está preñado de potencial. Es una invitación para liberar a tus seres queridos de “ti”, ahora y en las generaciones futuras al dejar de participar en la creación del karma. Liberándote a ti de esa manera, liberas al universo para siempre.
jueves, 22 de febrero de 2018

Aventura

Caligrafía de emociones
Jose


Sentir que estás ahí precisamente,
es ser poseedor de confianza,
saber que tú que estás ahí, confiada,
es sentir tu confianza.
Es raíz de amistad y
fortaleza de voluntad inquebrantable. 
miércoles, 21 de febrero de 2018

Saber vivir en la incertidumbre, experimentar la certeza

Enrique Martinez Lozano


En el mismo momento en que salimos del engaño de creer que nuestra identidad se reduce a nuestra personalidad y nos descubrimos alineados con la Vida y uno con ella, se abre paso la única certeza a la que tenemos acceso: la certeza de ser, que algunos sabios han expresado en primera persona como “Yo Soy”.
Se trata de una certeza –no de otro pensamiento o creencia más, como pudiera decir quien no la haya experimentado– que es previa a cualquier pensamiento y autoevidente: no nace de la mente, sino de la vivencia directa. Pero, para experimentarla, se requiere –como dice Vicente Gallego– que “el yo haya presentado su certificado de defunción”.
Y aquí estalla la paradoja radical: solo vivimos (a lo que realmente somos) cuando morimos (a la idea del yo con la que nos habíamos identificado). La “muerte” del yo es el requisito para descubrir que somos Vida. Y, una vez descubierto, se acaban las angustias asociadas al yo y los cuestionamientos irresolubles para la mente. Se nos hace manifiesto, entonces, que la certeza no es “algo” que debamos encontrar fuera, ni que la seguridad o la confianza sean fruto de alguna otra cosa que deberíamos hallar previamente. En la visión no-dual, una vez caída la creencia errónea que nos hacía vernos como separados de lo Real, reconocemos que somos certeza, seguridad y confianza. Todo es uno con lo que es.
¿Dónde quedan ahora las angustias del yo? Indudablemente, pueden seguir ocupando su espacio en el nivel aparente –relativo o de las formas–, porque somos seres sintientes y, en el nivel sensible, todo seguirá afectándonos. Pero todo ello podrá ser acogido desde aquel otro nivel profundo donde, sencillamente, somos. Ahí se experimenta la verdad profunda que encierran las palabras de Pema Chödrön: “Tú eres el cielo, todo lo demás es el clima”.
Me gustaría terminar con una imagen a la que suele recurrir Fidel Delgado para ayudar a superar la identificación con el yo: se trata de un globo lleno de aire. Aparentemente, el globo es una entidad separada del resto e incluso parece existir por sí mismo. La realidad, sin embargo, es que se trata solo de una “forma” que está siendo sostenida por el aire, que no es diferente en absoluto del que se halla fuera del globo. Mientras se vea como globo se sentirá forzosamente amenazado y pondrá en marcha toda una serie de mecanismos para tratar de asegurarse. Sin embargo, en cuanto se reconozca en su verdadera identidad de aire, todos los miedos habrán caído. El globo explotará antes o después, pero el aire se halla siempre a salvo.
Reducidos al yo, creyéndonos desgajados de la Vida, trataremos de sortear en vano el miedo y la tensión; veremos peligro en todo lo que nos rodea; pondremos en marcha funcionamientos y mecanismos defensivos de todo tipo con los que protegernos de lo que nos aparece como amenaza… Todo será inútil: no hay “globo” que resista el paso del tiempo ni las circunstancias que le puedan ocurrir.
La única salida viene de la mano de la comprensión: no somos el globo, sino el aire que le da forma. Somos la Vida una y todo lo que nos ocurre no son sino “disfraces” que ella adopta. Más aún: solo hay Vida en diferentes e infinitas formas. La compresión –la sabiduría– nos ha conducido de las creencias a la Verdad, de la incertidumbre a la Certeza.
martes, 20 de febrero de 2018

Jacinto Benavente


En el “meeting” de la Humanidad,
millones de hombres gritan lo mismo:
¡Yo, yoo, yo, yo, yo, yo…!
¡Yo, yo, yo, yo, yo, yo…!
¡Cu, cu, cantaba la rana;
cu, cu, debajo del agua…!

¡Qué monótona es la raza humana!
¡Qué monótono es el hombre mono!
¡Yo, yo, yo, yo, yo!
Y luego: A mí, para mí;
en mi opinión, a mi entender.
¡Mi, mi, mi, mi!

¡Y en francés hay un “Moi”!
¡Oh!, el “Moi” francés, ¡ese sí que es grande!
“¡Monsieur le Moi!”.
La rana es mejor.
¡Cu, cu, cu, cu, cu!

Solo los que aman saben decir ¡Tú!
lunes, 19 de febrero de 2018

El arte de acompañar

El rincón del psiquiatra
Alejandro Rocamora Bonilla
Psiquiatra

«En el reino de las mariposas, una vez el rey vio algo que relumbraba a lo lejos. Entonces quiso saber de qué se trataba. Envió una mariposa para que investigara. La mariposa fue, volvió y le dijo al rey: es la luz de una vela. El rey no se quedó tranquilo ante tal respuesta y envió a otra mariposa para que se interesara por aquello que relumbraba. La segunda mariposa fue, volvió con las patas un poco quemadas y le dijo al rey: es la llama de una vela. El rey no se quedó aún tranquilo y envió a una tercera mariposa. Esta fue pero no regresó. Solo se percibió el olor a chamusquina. La mariposa se había acercado tanto al fuego que se había quemado.»

Con este bello cuento Bermejo y Martínez (1999) sintetizan de forma magistral la esencia misma de toda relación terapéutica: el ayudador no debe relacionarse como la primera mariposa (distante, fría, sin implicación emocional), ni como la tercera mariposa (identificación masiva con el otro) sino que la postura correcta es la de la segunda mariposa: próxima pero distante. De esta manera, el terapeuta tiene en cuenta el sentimiento profundo del ayudado, pero con la distancia adecuada para no “quemarse”.

El acompañamiento terapéutico siempre supone un encuentro de dos personas: una (el usuario, cliente, paciente) que se encuentra en una situación de duda, conflicto, confusión o angustia que pide ayuda a otro (terapeuta, ayudador, counsellor) que, en principio, tiene más conocimientos y está más sano. Al menos es lo que fantasea el consultante, sea cierto o no. Esa relación, pues, es asimétrica (uno pide ayuda y el otro la ofrece) pero también terapéutica: su objetivo es la sanación del consultante. Pero además, este encuentro se produce entre dos personas, con sus biografías propias, su cultura, personalidad, escala de valores, creencias y por esto podemos concluir que el encuentro terapéutico es una relación asimétrica, personalizada y terapéutica. Este proceso presupone una técnica (conocimientos y estrategias terapéuticas) pero también es un arte, que posibilita que cada encuentro sea único e irrepetible.

Así, pues, podemos concretar dos extremos viciosos en el encuentro terapéutico: mantener un distanciamiento defensivo o una relación simbiótica. En el primer caso, el terapeuta, ante el temor que le invada la angustia, minimiza el problema o se convierte en un “perfecto técnico” falto de afectividad y comprensión. Es una relación fría y sin calor humano. Es una relación personaje-personaje. Actuamos como terapeutas pero sin contagiarnos del dolor y sufrimiento del otro. En el segundo caso, se toma la postura inversa: una fuerte identificación con el usuario, viviendo su problema como propio y constituyendo una relación simbiótica en que se difumina los límites entre el consultante y consultado.

Entre ambos extremos se encuentra el punto medio: un distanciamiento amoroso. Consiste en un saber acompañar al consultante, caminando junto a él, pero respetando sus necesidades, flaquezas y su expresión de angustia.

Como ha dicho Dell (1983) no existe la “llave de oro” que abra la puerta de nuestros problemas, sino que en cada momento, y dependiendo de la “cerradura” (persona que consulta) habrá que actuar con una llave de oro, de platino o de bronce. Lo importante pues no es el instrumento utilizado, sino conseguir el encaje perfecto entre la situación angustiosa y el ofrecimiento de ayuda. En eso consiste el arte de acompañar.

domingo, 18 de febrero de 2018

Hablando
de confianza

La Escribana del Reino
M. E. Valbuena

Foto, Jesús Aguado
El pasado verano participé en un encuentro-retiro de Silencio que fue una auténtica bendición para mí. Como no creo en las casualidades, una vez más pude comprobar que en él encontré lo que necesitaba encontrar.
¿Y qué necesitaba encontrar? Más argumentos, más experiencia, más vida en relación a la actitud de confiar. Más confirmación de que es posible confiar en medio de la incertidumbre.
Hubo muchos factores que me hablaron de ello, muchos gestos, muchos detalles. Entre otros, la propia experiencia de uno de los ponentes. Cuando hay una conexión, la emoción se encarga de dejarte llevar y te sientes fluir en medio de la vida, sin necesidad de palabras ni grandes argumentos. Pero entiendes, sientes y ves. Así lo viví.
A día de hoy, él ha tenido que decir adiós a un proyecto y yo he recibido un doloroso No donde creía merecer un Sí.
Pero –me consta– él sigue confiando en la vida y, precisamente por ello, seguro que le va a ir bien; porque esa es su actitud: confiar en el devenir, fluir, aceptar que lo que venga será lo mejor, que todo es perfecto.
Y yo seguiré confiando a pesar de la decepción. Y seguiré buscando luz a pesar de haberla confundido con un mero reflejo. Y seguiré pensando, también, que todo es perfecto.
Sé que confiar, en estos tiempos, parece pura ingenuidad y me pueden tildar de tonta por ello. Sé que provocaré más de una sonrisa paternalista con esta actitud. Pero también sé –lo he dicho muchas veces– que sin confianza se vive infinitamente peor.
sábado, 17 de febrero de 2018

Día a día



Darse cuenta de esto: cada día, cada instante... ahí está el camino, ahí está todo.
Si esperamos un golpe de suerte, un ángel que nos despierte, un alud que nos transforme...estaremos perdiendo el día a día... Quizás estos lleguen, pero será en el día a día.
La verdadera esperanza es vivir cada momento.