Yo no he nacido para un rincón: mi patria es el mundo.
Séneca
martes, 27 de junio de 2017

Medicina alternativa: ¿fraude o sabiduría? (y II)

Enrique Martínez Lozano
Psicoterapeuta


En el tema que nos ocupa, me parece que la postura obstinadamente cerrada a lo que habitualmente se nombra como “medicina o terapias alternativas” manifiesta ignorancia múltiple –y con frecuencia arrogante– en campos específicos de la ciencia, así como desprecio infundado de una sabiduría milenaria –china o india, en el caso de lo que estamos hablando–, sobre la base de un no confesado etnocentrismo que sigue sorprendente y virulentamente vivo.
En nombre de la “ciencia” –en realidad, del paradigma científico social y oficialmente aplaudido–, se desconocen, ignoran o desprecian los avances que se han ido produciendo en los campos de la ciencia física (cuántica), de las ciencias de la vida (de un modo particular, la epigenética) y de las neurociencias.  
Por lo demás, no es necesario ser un científico –ni siquiera un periodista dedicado a la divulgación científica– para saber que, como reza el título de un libro recomendable del físico Carlo Rovelli, “la realidad no es lo que parece”
Conscientes –y ese es su modo de avanzar– de que es la ciencia la que echa por tierra postulados “científicos”, como ha ocurrido con la emergencia de la física cuántica, sería bueno mantener despierto el espíritu crítico frente a cualquier promesa milagrosa, pero sin caer en el extremo opuesto que absolutiza nuestras “creencias” previas, por temor a que sean cuestionadas.
Cuando, desde Einstein, es una evidencia científica que materia y energía son, en última instancia, lo mismo, ¿qué rigor científico puede exhibir quien niega la eficacia de un tratamiento “energético”? Cuando la visión holística de lo real es algo científicamente comprobado, ¿quién podría poner en duda que todo repercute en todo –los pensamientos y las emociones en la salud física–, sin caer en una arrogancia ignorante?
Desde los experimentos de Vladimir Poponin hasta los de Konstantin Korotkov, pasando por todos los estudios acerca de la modificación del ADN –que podría ser reprogramado por palabras y frecuencias determinadas– y los campos de energía o biocampos, nos hallamos en un momento histórico de auténtica eclosión científica que, al menos, debería fortalecer nuestra apertura y nuestra humildad, sin caer en la credulidad infantil y sin cerrarnos a aquello que pueda producirnos, de entrada, “disonancia cognitiva”
Suena a arrogancia, a la vez que insulto a la inteligencia, afirmar con rotundidad que “no hay nada más”.  Y, sin embargo, ese parece ser el presupuesto implícito de los artículos a los que estoy haciendo referencia. Lo intelectualmente honesto y riguroso solo puede adoptar esta formulación: “No sé nada más”.
Es precisamente la reiteración de ese tipo de artículos en El País, así como el hecho de que todos ellos, sin excepción que yo conozca, adoptan ese mismo “tono” que, al tiempo que exige y presume de “rigor científico”, se mantiene anclado en un paradigma que ha empezado a quedar obsoleto en todos los campos –desde la física hasta la medicina–, lo que despierta en mí una tercera reacción: la sospecha de que, tras esas tomas de posición reiteradas, existan intereses ocultos, por parte de quienes no están dispuestos a perder las ganancias que les aporta el hecho de que todo siga como está. Me refiero, obviamente, a la poderosa red de laboratorios farmacéuticos y las tretas que utilizan para que sus mastodónticos beneficios no se vean menguados, aun a costa de la vida de multitud de seres humanos –recuérdese la película “El jardinero fiel”, basada en la novela homónima de John le Carré– y, por supuesto, frenando en todo lo posible aquellos descubrimientos científicos que cuestionan las bases “tradicionales” en que se asientan.
...la primera parte de esta reflexión fue publicada el martes pasado 20 de junio. Para recordarla puedes volver a leerla en este mismo blog.
lunes, 26 de junio de 2017

Soledad




Alguien dejó escrito esto en un muro de la ciudad
Es un juego de palabras para pensar
¿Qué es la soledad?
Invitamos a los amigos del blog que dejen su opinión.
¿Compartes la frase?
domingo, 25 de junio de 2017

Despacito

La Escribana del Reino
M. E. Valbuena


Ahora que está tan de moda la canción, que se ha traducido a múltiples lenguas, que se han hecho diversas e inverosímiles versiones, que se ha adaptado su música a todo tipo de situación (por increíble que parezca) y que no hay nadie que no la haya tarareado alguna vez o varias… Ahora, podríamos tomarnos en serio no ya la letra sino el título.
En estos días de prisa por finalización de cursos, colegios, contratos, horarios… en que muchos de nosotros queremos terminar cuanto antes y como sea, nos vendría bien un poco de “despacito” para no agobiarnos y –lo más importante– para no agobiar a los que están a nuestro alrededor.
Estoy un poco harta de asistir a reuniones donde a los cinco minutos se empieza a meter prisa por acabar, donde se posponen acuerdos o toma de decisiones para un futuro mejor lejos que cerca, donde la ansiedad por escapar se palpa en el ambiente, donde no hay tiempo para otra despedida que no sea marchar corriendo.
Tanta prisa ¿para qué?
Tal vez si nos tomáramos la vida un poco más despacio, haciendo cada cosa en cada momento, dedicándonos a nada más que lo que nos ocupa en el presente, no viviríamos tan estresados, tan al límite, tan corriendo de un lado a otro –muchas veces, me temo, sin saber exactamente adónde–.
Y casi lo más triste de todo es que la prisa se convierte en actitud. Una actitud que nos acompaña en cada acción que realizamos. A ver si a fuerza de repetir y escuchar tantas veces “despacito” se nos va pegando algo de calma.
sábado, 24 de junio de 2017

Qué bonita la vida

Una canción que llega dentro
Para unos minutos y escúchala
Descubra tantas cosas bonitas que hay a tu alrededor

viernes, 23 de junio de 2017

Entrevista a Mercedes Martínez González


El Teléfono de la Esperanza de León ha propuesto al Presidente nacional de la organización el nombramiento de Mercedes Martínez como Presidenta de este Centro.
Por este motivo esta redacción se ha hecho eco de tan importante acontecimiento y ha pulsado el ánimo y el corazón de la propuesta.

¿Qué te ha motivado a presentarte como Presidenta?
Que el TE siga estando activo y al lado del que sufre y está en crisis.
Conquistar una nueva etapa.
Creer y confiar aún más en mis energías, fuerzas y compromiso.
Buscar una nueva Sede y que sea nuestra y sin pagar alquiler y que sea más grande.
Formar una gran familia donde haya cabida para todos.
¿Qué esperas de esta nueva etapa?
Aires nuevos, fuerzas nuevas y entusiasmos nuevos.
Compromiso, aumento de voluntarios y más personas comprometidas con este maravilloso proyecto.
Que lo que compartimos en los grupos lo practiquemos en profundidad sobre todo en la comunicación.
¿Qué necesita ahora el TE?
Personas motivadas y motivadoras.
Compartir experiencias, vivencias, ilusiones, y creciendo cada día más.
Que la comunicación sea sincera y asertiva.
Entusiasmo, que nos sintamos felices con lo que hacemos y que se note.
¿Qué vas a aportar tu al TE?
QUIERO aportar ilusión, compromiso, entusiasmo, alegría, motivación, escucha , entrega,  respeto  y mucho cariño.
jueves, 22 de junio de 2017

Madre

Caligrafía de emociones
Jose

El arte de la vida
se me antoja delicado.
Tanto, a veces,
que temo no acertar
a quererte,
como tu fragilidad anhela.
Madre mía.
miércoles, 21 de junio de 2017

Decálogo para convivir con un adolescente

El rincón del psiquiatra
Alejandro Rocamora Bonilla
Psiquiatra


Hoy, al reflexionar sobre la adolescencia se me antoja pensar que el “joven adulto” se encuentra entre Peter-Pan (el niño que no quería crecer) y Superman (reflejo del poder, la fuerza, la omnipotencia); entre la infancia que siente deseo de superar, pero también nostalgia, y su convicción de ser más que nadie, incluso que los padres. El adolescente, pues está en esta encrucijada: dejar de ser niño para convertirse en adulto. He aquí algunos consejos que pueden ayudar a los padres en esta ardua tarea.
1.- Reglas claras y concisas: Gráficamente podemos afirmar que la adolescencia es como un caudaloso río, que es preciso encauzar para que no se desborde. Toda la energía y potencialidad de esta etapa de la vida precisa de unos límites claros y precisos. Si algo le repugna es la mentira, la confusión, la oscuridad. Por esto, es preciso definir y expresar con nitidez las reglas de convivencia familiar, pero sin pretender la ley del embudo: al adulto todo le es permitido; al adolescente todo le es prohibido.
2.- Comunicación sin culpabilizar: Posibilitar la comunicación fluida entre padre e hijos, no imponiéndola por la fuerza sino con el ejemplo. No podemos desear que nuestro hijo adolescente nos diga donde ha estado una tarde del domingo, cuando nunca le comunicamos en que consiste nuestro trabajo  o cómo se encuentra la situación económica familiar. La comunicación no se impone, se mama desde pequeño o no se incorpora al código personal.
3.- Ambiente familiar acogedor: es necesario propiciar un clima familiar donde se pueda expresar tanto los sentimientos  positivos como los negativos. El adolescente necesita comprobar que su agresividad no destruye a sus seres queridos ni tampoco a él mismo. Por esto podemos permitir que exprese su ira, su rencor o su envidia o celos, para posibilitar una buena elaboración. Lo “malo” no es tener sentimientos negativos, sino el llevarlos a la práctica, a través de la agresión física o verbal. Pero también debemos favorecer la exteriorización de sentimientos positivos: el afecto, la valoración del esfuerzo realizado, etc. De esta manera favoreceremos la configuración de una personalidad equilibrada.
4.- Valoración: eso sí, el adolescente debe sentirse valorado y querido no solamente por lo que hace (obtener buenas notas, ser obediente, etc.) sino por lo que es: hijo, persona. Los padres no podemos poner en una balanza nuestro amor hacia los hijos para que se equilibre con los logros conseguidos (ser un buen estudiante o deportista) sino que se debe “sentir querido” aunque tenga malas notas y no cumpla las expectativas que teníamos sobre él.
5.- Identificar las señales de alarma: en la convivencia con el adolescente debemos mostrar una actitud respetuosa con su intimidad (no “machacar con preguntas invasivas: ¿con quien has estado? ¿qué has hecho esta tarde?, etc.) pero al mismo tiempo debemos conocer quienes son sus amigos y cuales son  sus aspiraciones. ¡Difícil equilibrio! Es necesario, pues una “vigilancia respetuosa”. Por esto, debemos estar atentos a  “señales” que pueden ser indicio de algún problema. Así: el aumento o disminución de peso significativo en poco tiempo, absentismo escolar sin justificación, bajo rendimiento escolar de forma repentina, indicios o sospechas que consume alcohol u otras drogas, algún problema con la ley, alteraciones del sueño, entre otras, si se mantienen al menos durante un  mes se debería pedir la ayuda de un profesional de la psicología.
6.- Aceptar las limitaciones del adolescente: si es cierto que todas las comparaciones son odiosas, mucho más cuando lo referimos a lo que hace un adolescente. Debemos aceptar a cada hijo con sus posibilidades y límites, tanto en el aspecto psicológicos, como rendimiento escolar o en el mismo deporte. Puede ser inteligente o no, con posibilidades para el deporte o no, pero siempre tendrá aspectos positivos que habría que potenciar: su solidaridad, su sentido de la justicia, su sentido del humor y un largo etcétera.
7.- Saber negociar: una forma frecuente del adolescente de autoafirmación es la rebeldía. Esto lo podemos ilustrar con la historia de Antonio: tiene 15 años. Sus padres le han forzado a consultar al psiquiatra, porque sistemáticamente transgrede el horario de volver a casa. Siempre llega tarde. Tras hablar con los padres nos entrevistamos con Antonio a solas. Nos dice: "Mire Vd.  esos veinte minutos que llego tarde a casa, son los más aburridos del día. Cuando todos mis amigos se marchan, yo doy unas cuantas vueltas al bloque de mi casa... hasta que se pasan esos minutos. Después ya puedo subir a cenar". Es una de las formas de autoafirmación del adolescente: se opone porque sí, aunque no consiga ningún bene­ficio a cambio. ¡Existen muchos Antonios entre los jóvenes!
8.- Castigar con cordura: es una de las “recetas magistrales” para la convivencia con un adolescente. Como primer ingrediente podemos señalar éste: no le amenaces con un castigo que no vayas a cumplir (“todo el año sin salir los domingos”, “te suspendo la paga semanal durante tres meses”, por ejemplo); segundo ingrediente: si castigas no puedes después echarte atrás (en este sentido existen padres que se les va la fuerza por la boca y solamente castigan buscando demostrar su poder. ¡Craso error!);  tercer ingrediente: el castigo debe ser proporcionar a la falta cometida. Si a algo es sensible el adolescente es a la  injusticia. Sé justo en el castigo y el propio adolescente reconocerá su error; y el cuarto ingrediente: que el castigo no sea producto de tu ira, rencor, frustración, sino que el adolescente reconozca que ha cometido una falta y tiene que repararla.
9.- Razonar las normas: el adolescente puede tener comportamientos díscolos y se puede dejar llevar por sus impulsos y su tendencia al desorden, al caos, pero puede entender que los padres prefieran el orden. No responden nunca: “porque sí” o “porque soy tu padre  o tu madre”, o “mientras estés en esta casa harás lo que yo te diga”.  Todas estas contestaciones lo que hacen son favorecer la rebeldía del adolescente. Más bien, habrá que procurar decir, sin voces y sin descalificaciones, que nos agrada que tenga el cuarto arreglado o cuando se va a retrasar nos gustaría que nos llamara por teléfono, por poner solamente algunos ejemplos.
10.- Somos padres, no amigos: oímos por doquier que debemos ser amigos de nuestros hijos pues de esta manera tendrán más confianza con nosotros y como una forma de allanar las diferencias. ¡Grave error! La confianza no se consigue porque nos comportemos como el otro (inmaduro, inseguro, desorientado) sino porque el hijo compruebe  que estamos atentos a sus problemas, que somos comprensivos y que tenemos capacidad para orientarles en sus conflictos. Y esto lo podremos hacer no desde la igualdad sino desde nuestra capacidad como padres para favorecer “el buen rollo” aunque estemos en planos diferentes: los padres son los máximos responsables de la familia y ellos son los que tienen que dictar las normas y enseñar los valores; los hijos deben obedecer y admitir las reglas, aunque siempre en un clima de compresión.